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No es lo mismo un Estado Grande, que un Gran Estado

Diario La Mañana de Bolívar - Información General - No es lo mismo un Estado Grande, que un Gran Estado

Escribe: Ricardo Criado

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, con sus requisitos de reducción del gasto público, y la palabra “ajuste” han puesto una vez más en el centro de la escena la cuestión del tamaño del Estado: qué, cuál, cuánto Estado “es necesario”.

Normalmente, cuando se habla de ajustar el Estado, se habla de achicarlo, de reducir funciones, de bajar la cantidad de empleados. Veamos.

Cuando Alfonsín se fue del gobierno en 1989, el Estado Nacional tenía 800.000 funcionarios públicos. Menem lo bajó a 320.000,no hubo un país en el mundo que haya achicado el aparato del Estado en esa medida. Claro, le transfirió responsabilidades a las provincias, descentralizó la Educación, la Salud, se creó en ese entonces el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires -y por lo tanto “se fueron” por allí 100.000 empleados públicos-, se privatizaron todas las empresas públicas, se descentralizaron y eliminaron todos los organismos reguladores que había anteriormente. Hoy, luego de la década kirchnerista y de poco más de dos años de gobierno de Cambiemos, sabemos que dependen del Estado Nacional unos 770.000 empleados y funcionarios.

El tamaño del Estado “no coincide con un determinado partido político, ni con una determinada concepción política, porque fue un gobierno peronista el que achicó el aparato del Estado como nunca lo había hecho ningún otro gobierno en el mundo. Lo cual no significa que haya bajado el gasto público, porque el gasto público global, con el de las provincias, aumentó” dice el politólogo Oscar Oszlak.


Capa tras capa

Un problema es que el Estado tiene una serie de “capas geológicas” que se fueron asentando a lo largo del tiempo. Hoy en día se pueden encontrar resabios del aparato del Estado que se remontan a varios gobiernos atrás. De manera que cuando hablamos del Estado hablamos de la “maquinaria”, hablamos de las Instituciones con las cuales los gobiernos gestionan. En ese sentido, no existe una burocracia de base cero, se hereda lo que se hereda. Por ejemplo el gobierno anterior, aumentó su dotación en casi 350.000 personas, como una forma de “generar trabajo”, gambeteando los índices de la desocupación generada en la destrucción del trabajo privado. El menemismo, aún reduciendo el aparato del Estado nacional, lo amplificó “endosando” recursos al aparato del Estado provincial y municipal. Eso es lo que seguimos teniendo hoy en día, con una proporción de empleo público respecto del empleo total, muy elevada.

Dice Oszlak: “Y sobre todo, con una falta de planificación de los recursos humanos: es necesario determinar en cada área de gobierno cuánta gente realmente hace falta.Hoy, hay una superestructura política muy densa, y entonces de pronto salen medidas de retiro voluntarios, jubilaciones anticipadas…o despidos...

No se trata de echar o jubilar, se trata de establecer un mecanismo permanente de planificación de recursos humanos. Esto significa, por ejemplo, saber cuántos se van a jubilar en los próximos dos o tres años, en qué clase de cargos. Y hay un segundo problema, el llamado “Síndrome sobra-falta”: hay mucho sobrante de personal, generalmente de baja calificación, y una falta de empleados que tengan alta calificación en materia de planificación, de control de gestión, de manejo de sistemas de información. Entonces, el problema no es que sobra gente, sino determinar qué gente sobra y qué gente falta, y por lo tanto planificar hacia el futuro qué clase de aparato institucional, y de dotación de personal, es realmente necesaria”, asegura.

 

Ayer, hoy, mañana

La gestión pública, en general, es de tres tiempos: es una gestión no solamente del presente, del día a día, sino una gestión del futuro y del pasado. Hay una tendencia a tomar decisiones imprevistas, improvisadas, con escasa información y poco conocimiento. A alguien se le ocurre una idea y entonces lanza el proyecto. Pero es necesario planificar, programar, por un lado, mirando el futuro, y hay que hacer seguimiento, control y evaluación, mirando el pasado.

Esa improvisación tiene mucho que ver también con los cambios de orientación política que ha habido en la Argentina. No hemos tenido lo que llamamos políticas de Estado. Una política de Estado es una matriz básica, una orientación política que se mantiene más allá del término de un gobierno, un cierto consenso social acerca de hacia dónde ir.

 

Coordinar nos hace eficientes

Por otro lado hay un problema de coordinación. La mayoría de las cuestiones de las que se ocupa el Estado tienen que estar coordinadas, no solo de manera vertical sino también horizontal. Pongamos por caso la pobreza. La pobreza no es un problema sólo del Ministerio de Desarrollo Social: involucra necesariamente otros ministerios o secretarías como Cultura y Educación, Salud, Trabajo, -hasta Deporte-,que deben coordinarse para atacar un problema que no se corta a través de las áreas funcionales, sino que atraviesa a todas ellas. Entonces, falta coordinación horizontal para resolver problemas complejos.

 

Ajustemos a los corruptos

Otro de los temas a “ajustar” es la corrupción y pasa por el control y la rendición de cuentas. Hemos creado, uno tras otro, mecanismos de todo tipo: contralorías, auditorías generales, el Defensor del Pueblo, Oficinas Anticorrupción, UIUF, AFI, de todas las siglas, y la rendición de cuentas no mejoró. Entre 2010 y 2015, los índices de control de corrupción en la Argentina bajaron de 40 a 31 sobre 100.

Y esto, no es sólo un problema de exigencias de rendición de cuentas, sino un problema de no haber incorporado a la conciencia el valor de la rendición de cuentas. Podemos seguir creando instituciones que exigen rendirlas, pero resulta que si previamente no logramos que cada funcionario público llegue a convencerse de que es un agente de la ciudadanía, y que tiene que incorporar esa buena práctica como un valor natural, la rendición de cuentas no mejorará.

 

Hacer lo que hay que hacer, y que valga la pena

Hace falta un esfuerzo intenso, porque el cambio cultural no depende de cada individuo. Cada individuo se mira en un espejo más grande, que es el Estado. Y el Estado no devuelve una imagen que tienda a crear valores, ni lo exige: no hay penalidad, no hay exigencia, es todo lo mismo. Nos devuelve una imagen desmedida, casi sin control, y con bajísimo nivel de responsabilidad.

Entonces, el problema no es solamente mirarnos al espejo para decirnos “Somos responsables, tenemos que cambiar”. Se hace necesaria una acción sistémica, estratégica, sostenida, bien comunicada e implementada, con una dirección muy clara: hacer que este Estado Grande, se transforme de una buena vez en un Gran Estado. Que nos brinde todos los servicios de calidad que los ciudadanos reclamamos y necesitamos, aun “precio justo” (nuestros impuestos).

Ese día, la palabra “ajuste” habrá cambiado su sentido por uno menos cruel, porque habrá valido la pena.

 

Ricardo Criado

TW: @ricardo_criado / FB: @criadoricardo / IG: criado.ricardo

Colaboró Susana Patti

TW: @susanapatti1 / FB @susana.patti.9/ IG: susanapatti1959

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